Hablar de una Cuba libre y capitalista no es un acto de provocación.
Es un ejercicio de imaginación responsable.
Es preguntarnos qué pasaría si una isla bendecida por su gente, su historia y su ubicación dejara de sobrevivir… y comenzara a prosperar.
Cuba no es pobre.
Ha sido empobrecida.
Imaginemos por un momento una Cuba donde el talento no huye, donde emprender no es delito y donde el esfuerzo personal vuelve a ser recompensado. Una Cuba que abre sus puertas al mundo, no desde la nostalgia, sino desde la competitividad.
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